


A la hora de gestionar las más de 5.000 imágenes tomadas en total (él solo realizó 1.500) "el principal reto" fue encontrar un equilibrio entre tres dimensiones: el origen del problema, el contexto y la parte que apunta al futuro, la de los niños que tienen acceso a la educación, "entendida también como una integración social". "Intentamos no exagerar o mostrar aspectos muy edulcorados, no mostrar las maravillas y éxitos del programa ProNiño ni tampoco el aspecto morboso y deliberadamente triste y tremendo que pueden tener imágenes de niños trabajando", afirmó Spottorno. El libro contiene 16 tipos de trabajos distintos. Uno "de los más destructores" fotografiado por él fue el que realizan decenas de niños en un basural. Según contó a modo de anécdota, durante las tres horas que duró su visita a dicho lugar los niños que estaban allí para recoger metales o plásticos encontraron también un dedo, un feto humano y una maleta con dinero.


Aparte de tomar imágenes, Carlos Spottorno y el resto de fotógrafos que ha participado en el proyecto (Walter Astrada, Lurdes R. Basolí, Renzo Giraldo y Álvaro Ybarra Zavala) entrevistó a los niños retratados, "tarea que no siempre era fácil porque muchos de ellos al no haber tenido acceso a la educación durante años tenían a veces poca capacidad de verbalizar sus sentimientos y de expresarse bien, contestaban con monosílabos". A partir de aquí comenzó el trabajo de los 16 escritores: cada uno de ellos recibió el paquete de ocho fotografías y la voz del niño para después redactar en un folio el impacto emocional que les había provocado. Algunos contaron un pequeño cuento y otros optaron por hacer una comparación con su propia infancia o escribieron una carta al niño en cuestión.

Para Gustavo Martín Garzo, este encargo fue un "desafío emocional" que aceptó porque le permitía hacer una "reivindicación de la educación unida a la felicidad" y hablar "de la historia olvidada del mundo, la del sufrimiento y las injusticias". Según él, "el sufrimiento es mudo, nadie quiere hablar de las grandes tragedias que hay a nuestro alrededor y cuando alguien las cuenta nos sentimos incómodos y miramos para otro lado deseando que termine lo antes posible para no cargar con ese peso". Pero La Hora del Recreo no reúne "historias de victimismos", sino que es una reivindicación de la alegría: "vemos no solamente los ambientes terribles en los que se tienen que mover los niños sino también ese momento en el que a través de la escuela y del estudio son felices. Para estos niños la hora del recreo es la hora en la que están en la escuela".

Ricardo Menéndez Salmón quiso destacar que "el hecho de contemplar las dificultades de esta infancia también arroja mucha luz sobre las sombras de nuestro propio mundo de la misma forma que muchos viajes son iluminadores en ese sentido" y aseguró que nunca olvidará la felicidad que vio en los niños cubanos. Por su parte, Lola Beccaria contó que sus niños eran expertos en matemáticas debido al manejo del dinero para poder mantener la economía familiar. Una preocupación que no debe corresponder a la infancia porque ése es el momento de la vida "para pensar que el horizonte se puede llenar de todos tus sueños, donde existe la sensación de que todo es posible". La escritora quiso aprovechar la ocasión para lanzar un mensaje final de esperanza: "el tener la posibilidad de estudiar y de conocer les va a permitir soñar también con un mundo mejor y, tal vez, llegar a construirlo. No hay que olvidar que los niños son los herederos de este territorio y hay que darles todas las oportunidades".
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- MADRID: del 25 de mayo al 12 de junio de 2011
- GIJÓN: del 24 al 31 de julio de 2011
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